300 millas de nuestra vida

Nos fuimos de Badalona antes del mediodía, intentamos salir la noche anterior pero el cansancio y la belleza de la ciudad nos conquistó un poco (Un poco!?)

El día transcurrió con calma, el prono marcaba un Mistral en cuanto entráramos al golfo de León y teníamos que estar preparados para eso. Navegábamos con genoa y tres rizos y antes de que anocheciera cambiamos el genoa por el tormentín, preparamos unos fideos con crema y champignones y a esperar...

Se hizo de noche, el viento aumentaba considerablemente y la botavara no paraba de tocar el agua cuando bajábamos de las olas que, con insistente violencia, sacudían al barco como un zamba. Juan empezó a marearse y Cachito, bajo el encanto que la mesa de navegación le representaba, se burlaba implícitamente jugando a un rompecabezas en la tablet.

Agarré el timón antes de la medianoche, no se veían luces ni reflejos de luna, solo las estrellas que sirven de guía cuando no hay referencia en la costa, y unas olas que a penas se distinguía su volumen por el reflejo mínimo del instrumental en el agua. Subían y bajaban, era como si el océano estuviera haciendo el amor con alguna cosa.

El viento siguió aumentando hasta acercarse a los 35 nudos y algunas rachas más altas de través, razón suficiente para que bajar la mayor fuera un glorioso desafío. Arturito, nuestro piloto automático, nos prestaba buen servicio para las maniobras cuando éramos pocos en cubierta, pero el caos que el rugido del viento generaba y el movimiento de toro mecánico que se sufría en la carroza obligó a Lucas a desarrollar una técnica pasando un cabo por encima de cada garrucho para poder colgarse y bajarla. Esta maniobra que en mi relato parece sencilla, habrá tomado 40 minutos de tensión y gritos para poder comunicarnos del mástil al piano.

Por primera vez disfruté plenamente de timonear en esas condiciones, y a pesar de que las olas nos pasaban por encima y mi traje de agua no era suficientemente offshore para mantenerme seca, las estrellas fugaces cayendo atenuadas en el horizonte sin duda lograron convertir el caos en una poesía inolvidable. Al cabo de dos horas de escuchar cumbia con auriculares para calmar los nervios le cedí el timón a Lucas bajo el temor de una ola gigante que me tiró a la orza sin poder controlarla. Ni bien tomó el mando se lució con una barrenada que hizo que el barco surcara las aguas como Moisés, las olas corrían por arriba de las bandas y un grito de gloria se escuchó cuando alcanzamos los 17 nudos de velocidad.

Me quedé dormida en el cockpit con varios baldasos de mar sorprendiéndome de a ratos, hasta que alrededor de las 4 am caí en un profundo sueño del que no me recuperé hasta tres horas mas tarde, cuando al levantarme vi un espectáculo desolador; las olas se levantaban como montañas y rompían sobre las bandas y la popa de nuestro barco. El cockpit estaba vacío, lo que podía significar dos cosas; que nadie estaba haciendo la guardia, o que se habían caído al agua. Al rato se levantó Lucas y al mirar sobre la chubasquera vimos pasar un buque tan cerca que aseguramos que nos había esquivado, porque si era por nuestro compromiso con la guardia podríamos haber terminado como el My Song pero aplastados. Pocas cosas podían convertir esta situación miserable en una peor...

El viento y las olas seguían aumentando, Juan se hizo cargo del timón cuando Arturito nos abandonó en una acostada violenta, pero no podíamos estar sin velocidad ante tanta marejada, entonces pusimos la mayor de capa. Por primera vez me sentí bastante nerviosa y ante toda la tensión y el desorden de ondas aparecieron nuevamente, como para distraerme de tanto desamor, nuestros amigos los delfines. Digo ‘nuestros’ porque el ser humano se encariña con el animal que parece demostrar la suerte ajena como necesaria para si mismo, y bajo una situación como esta, me pareció muy sabio confiar más en quien anda en su propio medio que en una estampita o algún amuleto de rezo.

El viento no cesaba, habíamos visto en el prono que a las 19hs calmaba y me había ilusionado con eso, pero hasta no pasar Hyéres todo siguió siendo un caos. En un principio habíamos acordado pasar la noche en St Maxime, pero pasados los dos días en el golfo, una noche con 15 nudos de aleta parecía un servicio del hotel más caro del país y por el cual estábamos dispuestos a navegar 10 horas más y llegar finalmente a San Remo.

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