Relatos de una guardia

Ya estás ahí, ya tomaste la decisión de navegar esas millas y es más, estás entusiasmado. Te subís al barco, tu alma salta y baila como niño chico. Ya sabés que hacer; dejás tus cosas, preparás la maniobra, -¿Cargaron agua?- preguntás, te ponés el traje, soltás las amarras y adiós. Cuando tus ojos ven el horizonte tu cerebro se contenta, esos brillitos del sol al reflejarse en el agua sutilmente arrugada por una brisa te conquistan, te hacen pensar que todo lo que hiciste bien en la vida te llevó hasta ahí, que la gente común está en la oficina, pero vos estás en el mar, saboreando la vida arriba de un velero.

Ya viste el prono y subestimaste los 25 nudos de través que se levantan a la noche, justo cuando van a estar cruzando el golfo, justo cuando la posibilidad de entrar a algún puerto es nula. Sin embargo este año tenés más experiencia, te tomaste la pastillita anti mareo y te sentís listo para esta aventura <esta vez me quedo toda la noche timoneando> pensás, pero el futuro próximo te va a demostrar que no, de que tu naturaleza aflora en cada ola que pasa por arriba del cockpit.

Entonces ahí estás; de noche acostado en la bancada de sotavento con medio cuerpo abajo de la chubasquera, intentando que el spray no te roce ni la punta de los pies aunque ya estén mojados. Sentís esa somnoliencia en el cuerpo, ese peso, como si la gravedad a bordo fuese el doble. Mirás el piloto automático envidiando su tenacidad y perseverancia, dándote vuelta cada tanto y mirando -a través de la chubasquera, obvio- si ves alguna luz en el horizonte, pensando por qué no inventaron un espejo retrovisor para que uno pueda ir mirando hacia popa sin preocupaciones. El viento sigue subiendo, hay que poner la mayor de capa, llamás a los demás que están adentro durmiendo, sabés que les estás cagando la vida. Te toca ir al palo porque ya estás medio mojado, pinchás la línea de vida en algún lugar y vás, el barco cabecea como toro mecánico, y en cada cabecear entra una ola y te moja esa punta de los pies que tanto cuidabas del spray. La maniobra no es fácil, hay que bajar la mayor, plegarla sobre la botavara y poner la mayor de capa. Sabés que no estás dándolo todo porque estás cansado, <que laburen ellos que yo estoy de guardia hace dos horas> pensás. Pero ya estás arriba, ¿Te acordás que todas tus buenas decisiones de la vida te llevaron ahí? Ahora saborealo, saboreá la sal del agua que te chorrea por la cara, sentí el ardor, sentí la gota que te entra por la espalda, por el único lugar del cuerpo que te quedaba invicto. Cuesta un huevo bajar la mayor y al no tener lazy bag se te va para todos lados, el barco está con el guardamancebo en el agua y vos rezás para que no se te vaya la vela, el siguiente paso lo das mal, pisaste algo resbaloso y te diste un golpe en la rodilla de esos que te paralizan, pero hay que seguir, dale que el viento sigue subiendo, ya en los 35. ¿Los tomadores? ¿Donde están los tomACASO NADIE PREPARÓ LOS TOMADORES? <La puta madre que los parió a todos.> No podés creer como nadie preparó un puto tomador, pero vos tampoco. La puteada fue para vos también, lo sabés.

Listo, la parte más difícil ya pasó, ahora hay que volver al cockpit, agarrándote bien para que cada ola de las que trepa por la cubierta no te lleve con ella. Te quedaron los hombros quemados, no podés ni apretar el gancho de la línea de vida de lo que te duelen los músculos por haber hecho esa maniobra tan explosiva, pero todo salió bien, por suerte. Ahora tenés ganas de ir al baño, lo postergás, el barco está escorado y tenés el traje empapado, te aguantás un poquito más, te queda una horita de guardia, volvés a la cucha. Dicen que en el agua ves reflejado el fantasma de la vida, como Narciso, y vos te ves ahí, tirado en la bancada de sotavento, de noche, todo mojado, con hambre y queriendo hacer pis. Te sentís miserable, encima la pastillita falló y tenés ganas de vomitar, nunca funcionan esas mierdas. Vomitás, y mientras tu estómago se goza apretando la cena de anoche, escuchás al barco pantoquear. <Que no siga, por dios.> Otra vez - ¡PUUMMM! - esta vez más fuerte, vibra todo, y otra vez y una más. Tanto que despertó a tus compañeros y salieron hasta la escotilla con cara de dormidos y con cara de <¿Qué hacés que no estás timoneando?>. Agarrás el timón, ya exhausto. Intentás evitar el pantocaso pero sucede igual, ni se ve la ola con tanta oscuridad. <Yo no se quien me manda a hacer estas cosas> pensás. Sentís que estás arriesgando una vez más tu vida pero te estás justificando, sobreviviendo. La panza te ruge de hambre, qué rica que estaba la pizza de anoche, la que vomitaste.

Te desconcentraste un poquito y estás haciendo rumbo a Mallorca, te buchoneó el barco que pegó otro pantocaso, dale que queda poquito, dale que en quince minutos te vas a poder sacar ese traje todo mojado, vas a poder ir al baño y poder manotear la barrita de cereal que te encanutaste antes de salir. Dale que en la heladera hay CocaCola, pensá en el pancito que vas a manotear de la alacena para comer algo salado, pensá que cuando te vuelvas a despertar ya va a ser de día, vas a ver las olas y vas a poder timonear como un titán, dale, que en breve vas a poder estar en la oficina.

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